INTRODUCCIÓN
El cómic o historieta es considerado un producto cultural de la modernidad industrial y política occidental que surgió en paralelo a la evolución de la prensa como primer medio de comunicación de masas. Pero su punto de partida se encuentra entre la aparición de la imprenta, en 1446, y de la litografía, en 1789.
Hacia finales del siglo XIX tanto en Europa como en Estados Unidos, los periódicos recurrían a diferentes incentivos con el fin de atraer el mayor número de lectores y, por consiguiente, controlar el mercado.
La modernización de los sistemas de impresión en Estados Unidos permitió que a partir de 1893 se incluyera una página en color en los suplementos dominicales. Las series germinales fueron Hogan’s Alley (1895) de Outcault, protagonizada por The Yellow Kid, The Katzenjammer Kids (1897) de Rudolph Dirks, y Happy Hooligan (1899) de Frederick Burr Opper. Fueron éstas las que sentaron las bases del cómic actual, con las secuencias de imágenes consecutivas para articular un relato, la permanencia de uno o más personajes a lo largo de la serie y la integración del texto en la imagen, con los globos de dialogo.
Es bien sabido que los grandes malvados no pueden matar poco, no han de ser viles raterillos a los que se les escapa una bala y liquidan al transeúnte de turno, para eso ya está la policía y no merece la pena hacer un cómic de policías en el mundo de los superhéroes.
Otros que tampoco acaban triunfando en el inconsciente colectivo son los que utilizan una maldad sin límites al estilo de Galactus, que se merienda planetas enteros sin tener ningún tipo de remordimientos, esto los hace inhumanos, y de difícil aceptación para el lector que nunca llegará a creer tanta maldad.
Las grandes editoriales de cómics de superhéroes siempre lo han tenido claro, el mal ha de tener cara de nazi, ha de lucir su simbología y predicar su credo de totalitaria dominación haría del mundo, esto le hará más creíble y a la vez también mucho más temible.
Sin lugar a dudas, durante la Segunda Guerra Mundial estos personajes jugaron no sólo el importante papel propagandístico que comentaba antes, sino también una intrínseca empatía con quien leía el capítulo de la semana, lo que llevó a los editores a sacarle aún mayor tajada al asunto una vez acabada la guerra, de manera que los enemigos del pueblo americano no eran solamente los malvados comunistas sino el enemigo nazi.
Hogan’s Alley (1895) de Outcault, protagonizada por The Yellow Kid
The Katzenjammer Kids (1897) de Rudolph Dirks,
Happy Hooligan (1899) de Frederick Burr Opper.